Hacer deportes es bueno. Son muy pocas las excepciones de esa regla. El deporte favorece a la salud, a la confianza en uno mismo y a la socialización, por nombrar unos cuantos de sus atributos. Por eso fomentarlo es siempre una buena idea. Ya sea para que un niño tímido adquiera confianza a través de su cuerpo, para que un adolescente hiperactivo canalice sus energías o para que un adulto decida dar un giro saludable a su vida.
Pero el deporte también es show. Es espectáculo y es grandes ganancias. Aunque una cosa no quite la otra (los grandes shows incluyen generalmente a grandes deportistas), muchas veces se desvirtúan. Importa más ganar que divertirse. Importa más ser la estrella del encuentro, que ir siendo cada vez mejor. Importan más los ingresos a corto plazo que los beneficios a largo término.
Así, se prefiere gastar $14 millones en una cancha, para decir que es la mejor de todo el país y que va a convocar a miles de personas de todo el mundo, en vez de invertir en clubes en zonas de riesgo, donde el deporte se puede convertir en una vía de escape de las drogas y otros vicios. Así, se opta por invertir en Fútbol para todos, para que todos se queden en sus casas gritando a una pantalla, a lo “Tano” Pasman, en vez de salir a disfrutar de actividades deportivas, que podrían, y deberían, ser para todos.
No se discute que la difusión de los deportes ayuda a que más personas lo practiquen. Posiblemente la Liga Mundial de Hockey en la provincia haya inspirado a unas cuantas personas a comprar un palo e inscribirse a un club. ¿A cuántas? ¿A cuántas personas habría ayudado abrir un club en un barrio humilde (que cueste mucho menos de $14 millones)? ¿A cuántos chicos les habría ayudado tener algo que hacer en su tiempo libre en vez de pararse en una esquina a ver cómo el mundo avanza dándoles la espalda?
Está bien difundir los deportes. Pero primero hay que fomentarlos.